martes, 19 de mayo de 2009

LA DIGNIDAD NO SE DESALOJA. ODIAR AL CAPITALISMO

Por "Tejedor de redes" de 12 a 13 por FM De la Azotea, comunitaria

Hay una consigna que ronda en nuestras cabezas y corazones desde hace por lo menos treinta días, (mañana estaremos cumpliendo un mes del brutal e ilegal desalojo del barrio quince de enero; el Estado contra cincuenta familias desamparadas), en la impresión clara de que hay una pelea por recuperar un territorio perdido, que no solamente es aquel en el que se asienta una vivienda, sino que es la extensión de nuestra humanidad; “La dignidad no se desaloja”.
Consigna que multiplica su potencia asociada a otra, que nos habita desde hace alguito más, expresada en la convocatoria a “Odiar el capitalismo”.

Hay autores que, a partir de la experiencia zapatista, genéricamente en la lectura del Ya basta del 1ero de enero de 1994, pero puntualmente en el comunicado publicado con el título “De qué nos van a perdonar?”, consiguen desarrollar la importancia del valor dignidad, no sólo como ideal, sino al menos en dos dimensiones. La de la descripción de los daños que el capitalismo nos ha producido y la de la convocatoria a la lucha.

Por un lado, como fuerte descriptor de lo que nos ocurre, en el sentido de haber olvidado lo que hay de humano en cada uno de nosotros. Así lo dicen los zapatistas: “Nosotros nos levantamos para expresar la dignidad. Empezamos a ver que habíamos olvidado lo que nos hace humanos, que habíamos olvidado lo que levanta nuestro pie sobre las piedras...”. Peder la dignidad es perder la humanidad. Y la consigna de las y los sin techo, de la red de apoyo que como red, aumenta día a día en la conexión entre nodo y nodo, recupera la dimensión de lo que no habitamos, la de un territorio perdido, del que fuimos desalojados, no hace días sino décadas, pero definitivamente sin eludir los actores. Hemos sido desalojados. No nos hemos retirado mansamente de nuestra humanidad, nos han echado por la fuerza, o al menos eso intentan.
Y es exactamente ahí donde aparece la otra dimensión de la dignidad que algunos autores recuperan del ya basta zapatista. Advierten que dignidad tiene una conntación vinculada tanto a su negatividad como a la acción. Dignidad es defender nuestra humanidad de todo lo que la ataca. Dignidad no es un concepto que pueda leerse en clave de esencialismos, sino en el campo de la pelea, de la lucha por defender la humanidad, de seguir habitados por lo humano.

Por tercera vez en estas palabras de hoy nos aparece la necesidad de referirlas a escenas y frases que ocurren en el tiempo. De la presentación de ayer del libro Luz en la Selva, de Vicente Zito Lema, nos resuenan, de las múltiples ideas y escenas que vivimos, algunas en particular.
Una, brutal tanto por su contundencia como por sus consecuencias en defensa de la dignidad: la frase del autor del texto que nos convocaba. “Yo pienso...”, dijo, “...que vivir en el capitalismo es vivir en la muerte”.

Otra, nuestro amigo Alfredo Grande, estableciendo en lógica de pares antitéticos la distancia entre la selva, aquella que demasiadas veces, injustas veces, encubridoras veces, ha sido ligada a la lucha de todos contra todos, esta vez, caracterizada como el lugar en el que somos originados, en el que nuestra humanidad es más humana, paradójicamente, más cerca de la Cultura que de la Naturaleza, en términos levistrausianos. Y en el otro polo de la estructura, el habitar y ser habitados por el Parque Jurásico, espacio artificial de salvajes asesinos, que en su locura carnívora muestra su verdadera faz, y encima, obliga a cada quien a pagar su entrada.
Y otra, una que en su voltaje afectivo al menos para nosotros, nos hace dudar en rememorarla, a riesgo de volver a perder la compostura necesaria del buen locutor. El amigo Juan recupera la noción de redes de palabras, de frases y de escenas que viven en nosotros marginadas de la lógica del reloj y el calendario, que nos llevan por un lado y por el otro a la consistencia y la coherencia de los mismos ideales levantados una y otra vez, para advertir que en sus escritos de apunte tan apremiados como necesarios, anidaba una intelección emotivisima, al menos para nosotros.

La gesta de los sin techo y la red de apoyo recupera la dignidad de ser humanos, de dejar de habitar y ser habitados por un mundo de muertos vivos, en el gesto casi natural que emerge en la confianza establecida entre unos y otros, en la certeza de que unos y otros no serán traicionados, en la necesaria indiferencia que se merecen los que nos ningunean, para Freud, el polo más contundente como contradictorio del amor, como se dijo. La indiferencia como digna respuesta: a la hora de los golpes, las balas, el fuego y el odio estatal, no hay más refugio que nuestra Casa del Pueblo, el Centro Cultural América Libre, la cálida y cercana selva. En un gesto de coherencia en la lucha en defensa de la dignidad, no es posible imaginar otra cosa que vivir con quienes nos aman, con quienes amamos.

Es así, que, como, más allá de lecturas vinculadas a las idas y vueltas, a las consecuencias de una negociación, el camino que va del barrio “15 de enero” a la “Casa del Pueblo”, y ahora sí, a los terrenos fiscales obtenidos en estos días, que serán poblados de lo propio, ya no de la casa, sino de la comunidad humana, de la selva en su carácter originario y originante de lo que es nuestro, es un camino de lucha por la dignidad, en el que la actualidad de la conquista territorial tiene el carácter de la recuperación de lo que el capitalismo nos robó como territorio de humanidad y amor por los otros.

Si es necesario hoy odiar al capitalismo, para advertir qué cosas nos robo, y sobre todo, cómo hemos sido y somos colonizados y habitados por él, tenemos la esperanza de que llegue el día en que nuestra convocatoria tenga otra formulación, esta vez autonómica: Matemos al capitalismo, con nuestra profunda y rotunda indiferencia. La dignidad no se desaloja.

No hay comentarios: